sábado, 29 de abril de 2017

CLAUSURA:

A los ojos de un mundo que todo lo mide con medidas de utilidad y beneficio, las monjas y monjes de clausura no servimos para nada.

No tenemos escuelas, no ayudamos con catequesis o en la parroquias, no dirigimos grupos juveniles, no damos clases en institutos o universidades, ni siquiera acogemos o cuidamos a enfermos o ancianos...

En los monasterios de clausura masculinos y femeninos, sólo rezamos, nos sacrificamos y amamos. Y es aquí donde radica la riqueza de nuestra vida, su inmensa riqueza y valor.

La oración de las monjas de clausura es como el corazón que bombea la sangre a todas partes del cuerpo. Nuestra presencia silenciosa y orante da vida a la Iglesia y además es un consuelo constante a Cristo.

Arrancamos de Dios a base de mucha oración, de mucho contacto con El, de sacrificios, enormes sacrificios, esas gracias que necesitamos todos.

En medio de una vida de oración, de silencio, de recogimiento, de trabajo manual y físico, de penitencias corporales,... nuestras almas van adentrándose en el corazón de Dios y gracias a esa intimidad con Él, vamos haciendo de este mundo un mundo más humano y más de Dios.

Nuestra sociedad, es verdad que no va bien. Pero iría mucho peor, si en el mundo no hubiera monjas de clausura. La mejor prueba de para qué sirven los monjes y monjas de clausura es visitar una clausura.

En un mundo habituado a valorar y sopesar todo según el número de bienes que produce, nada parece más insulso e improductivo que una comunidad de personas dedicadas al servicio de Dios en la contemplación. Sin embargo, si le concedemos a Dios un poquito de razón, reconoceremos que no hay acción más valiosa que la de “estarse amando al amado”, en palabras de San Juan de la Cruz.

¿No dijo el mismo Cristo?: "Marta, Marta, muchas cosas son las que te inquietan, pero una sola es necesaria, María escogió la mejor parte y nadie se la quitará" Si aceptamos la enseñanza de Cristo, entonces no podemos negar que la vida contemplativa posee un valor sublime dentro de la jerarquía de valores. 

En palabras de Santa Teresita, Teresa de Lisieux, monja carmelita descalza de clausura, y que es patrona de las misiones en la Iglesia:
"En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el Amor. Así lo seré todo, y mi deseo se verá cumplido".

JOVEN, SOMOS FELICES. 

¿QUIERES CONOCER MÁS DE CERCA AL SEÑOR, 

VIVIR PARA ÉL, 

ENTREGAR TU VIDA A DIOS, 

Y ENCONTRAR LA AUTENTICA FELICIDAD?




Ven a conocer un monasterio de clausura,
no tengas miedo a las rejas,
sólo son un signo que quiere decir algo muy importante en nuestra vida,
que estamos apartadas del mundo,
alejadas del ruido de la calle,
para centrarnos en lo único necesario:

LA ORACIÓN Y UNIÓN CON JESÚS,
NUESTRO ÚNICO ESPOSO.


Una comunidad de hermanas te recibirá en el locutorio, 
que es el lugar destinado
a recibir las visitas;
éste tiene una reja, que separa el interior del exterior,
pero para nosotras no significa estar encerradas,
sino todo lo contrario.

Vivimos en total libertad, por voluntad propia,
por vocación exclusiva para la vida contemplativa,
por una llamada del Señor,
que nos atrae de continuo.

No tengas ningún miedo,
al contrario,
si tienes algún miedo,
deberá de ser de caer en las garras del mundo,
de dejarte seducir por una falsa felicidad,
felicidad que se esfuma como el viento.

Si tienes algún miedo,
ha de ser de caer en el pecado,
que te apartará de Dios y de la felicidad.


TE INVITAMOS, VEN A CONOCERNOS.

domingo, 23 de abril de 2017

VIDA CONTEMPLATIVA Y ORACIÓN:

Las Agustinas Descalzas somos monjas de vida 
íntegramente contemplativa.



Profesamos clausura papal. Esto quiere decir que estamos sujetas a las normas de la Iglesia Universal, para todos los monasterios de clausura.

Lo propio de nuestra vocación contemplativa es la oración.

En sus dos vertientes, -oración mental o personal, y oración litúrgica-.

En Santa Teresa de Jesús, nuestra madre espiritual, encontramos una maestra de oración, y leyendo sus obras y escritos, las monjas agustinas descalzas podemos aspirar a conseguir los más altos grados de contemplación. 

Para nuestra oración nos inspiramos en la meditación de la Palabra de Dios, las Sagradas Escrituras, y de la liturgia. 

Muy principalmente nos nutrimos de la Eucaristía, como nuestro fundador nos manda. 

Por lo tanto, como comunidad orante, tratamos de intensificar el espíritu de oración y la oración misma. 


En la oración buscamos el rostro del Señor y descansamos en Él, como el Esposo divino de nuestras almas. 

La quietud y el silencio del claustro son medios que ayudan a sostener y avivar nuestro afán de Dios. 

Damos gracias al Padre, le alabamos, le glorificamos, reparamos, y además intercedemos por toda la Humanidad. 

Tenemos cada día dos horas de oración mental, y además rezamos todas las Horas Litúrgicas que prescribe la Iglesia para las personas consagradas, -aunque actualmente, cada vez más, también lo rezan los laicos comprometidos-. 

Buen aviso de Santa Teresa de Jesús, es meditar por la mañana y traer presente todo el día lo que hemos meditado, poniendo en este ejercicio mucho empeño y cuidado, pues podremos sacar mucho provecho espiritual. 

Nuestro modo de evangelizar al mundo no consiste en hablar, tener colegios, ni hospitales, ni centros de asistencia a ancianos, atención a los pobres, etc....a ninguna de las obras sociales de misericordia directamente con las personas, sino en la oración y el encuentro con Dios, y en la vida en común con las hermanas de nuestra Comunidad. 

También tenemos trabajos dentro del monasterio. 

Por vocación, nuestro deseo es de entregar nuestra vida a Dios, y en Dios a los demás hermanos. Es una vocación muy especial de Dios, un don particular. Dios se hace el Absoluto de nuestras vidas, desde la adoración y reparación a Jesús en el Sacramento de la Eucaristía. 

En la vida contemplativa Dios habla a nuestro corazón en el encuentro con Él de la oración. Es una vida llena de amor y felicidad.